lalodelce

Moscas en la sopa.

In Autenticidades, Cuentos on abril 12, 2011 at 01:39

Dejé de escribir hace más de un año. En esos días mi vida había dado un giro, otro de esos. Las cosas se habían encaminado de una forma que pensé durarían por lo menos más de un año. Laura se casó. Bri nació. Pecos Bill y yo nos mudamos a vivir juntos. Pero me olvidé que la única constante en la vida es el cambio. Hasta ahí la realidad de mi vida. Porque en verdad lo que a mí me gusta es escribir ficción. Tomo partes y retazos de mis recuerdos, sueños y anhelos y con ellos construyo historias. Es lo que seguiré haciendo. Al fin y al cabo escribo para entenderme, no para ser entendida. Es como el pintor que pinta un cuadro no para que le guste a la gente, si no porque tiene algo que pintar que le sale del alma. Lo mismo sucede con la escritura. Cuando escribimos, lo hacemos porque hay algo que contar, escribimos porque tenemos algo que decir. Es la diferencia que existe con el dibujante que para poder dibujar un objeto éste tiene que poder ver los claros y oscuros para poder reflejar el objeto en cuestión, si no, el objeto no podrá ser replicado con exactitud. Es decir cuando quiero exactitud dibujo, cuando quiero dar rienda suelta a mi creatividad escribo.

Por un año y más he estado suprimiendo mi creatividad, no ha sido un tiempo en vano ya que he estado haciendo un ejercicio de interiorización profundo. Circunstancias poderosas fueron las que me llevaron por ese camino. Ya me había sucedido algo similar once años antes. Parece que necesitaba un recordatorio para llamar de vuelta a mi alma a sintonizarse con mi cuerpo y mi mente. Hoy estoy atravesando cierto periodo de transición. Déjenme decirles que no hay un país suficientemente bueno, ni hay una relación suficientemente segura. Por eso tenemos que tomar riesgos en la vida. Y tomar un riesgo no significa necesariamente saltar en bunge rope desde un puente o mandarse a mudar al úpite del mundo, a veces uno de los riesgos más grandes que tomamos en nuestra vida requiere la firmeza necesaria como para mantenernos centrados en nuestra vida sin hacerle daño a nadie. Sí, tener el coraje de convertirse en un verdadero adulto es un paso más hacia el crecer, hacia la sabiduría, hacia la templanza de carácter.

Cada vez me siento más conectada a esta tierra donde vivo. He aprendido a celebrar las lágrimas y no sólo las risas. No siento ganas de huir. Me puedo sentar con mi pena, sentirla y honrarla, así como me puedo poner a bailar y reír con mis gozos. Puedo aligerarles a otros sus cargas y alargarles sus sonrisas. Mi mirada se ha suavizado. Mi corazón también. Puedo sentir la conexión con los seres humanos y puedo entender que lo que hago aquí repercute allá. Me voy a la cama contenta y me despierto agradecida. Para que vean que todo es cuestión de perspectiva les contaré una historia.

En Octubre del año pasado tuve que ir a pasar una noche a Union en el este de Oregon. Union es un pueblo de tres calles de largo y tres de ancho. Tiene un hotel, un colegio, una tienda, un almacén y un taller de mecánica. Llegué al hotel y al pueblo por equivocación. Pensé que había hecho mi reserva a través de Internet en La Grande que queda como a once millas de Union. Después de media hora de andar perdida por oscuras carreteras donde no hay un miserable foco que alumbre la vía y sin GPS, llegué al hotel que queda al lado de un parque que tiene letreros que dicen –No horses– Así de remota es la cosa. El hotel es de los 1800s y tiene habitaciones con nombres tan tentadores como Clark Gable Room y otros tan poco atractivos como 19th Hole Room. Yo me quedé con el Cottage Room, que habrá tentado en su tiempo a más de un minero y una mina a hacerse de diferente botín a través del mismo método. Llegué pasadas las once de la noche y el hotel estaba a oscuras, apenas una lámpara en el lobby y la puerta cerrada.

Analizando, la situación no podía ser peor. Estaba en medio del desierto, en un pueblo remoto, cerca a la media noche, la calle estaba vacía y no se escuchaba un ruido excepto los que yo producía, no podía entrar al hotel, me hacía frío, tenía hambre, quería hacer pipí, estaba cansada y sola. Empecé a visualizar alternativas. La primera: Echarme a llorar y dormir en el coche. La segunda: Descartar la primera porque el coche no tiene baño. La tercera incluía varias opciones: Buscar otra puerta de acceso al hotel. Golpear la puerta hasta que alguien abriese. Llamar por teléfono al hotel hasta que alguien contestase. Lo que más rabia me daba era que no quería llamar a nadie por teléfono para que me consolasen. No me quise desmoralizar.

Probé la cuarta alternativa: Abrir la puerta hacia afuera. ¡Funcionó! Entré a la recepción del hotel y fue como si me hubiese transportado en el tiempo. Parecía el hotel de un pueblo minero perdido en el oeste norteamericano. Sillones, sillas, mesas y mesitas, todo polvoriento. En mi país a tanto cachureo le dicen antigüedad. Para mí no es nada más y nada menos que una colección de vejestorios que en ningún otro lugar tendrían cabida. En la penumbra vi sobre el mostrador un sobre con mi nombre escrito a mano. Dentro del sobre había una nota, un mapa y las llaves de mi habitación. La nota decía que me habían esperado hasta las 9:00 PM y que en el mapa me daban instrucciones de cómo llegar a mi pieza. Subí las gradas de madera que chirriaron a cada paso que di, mientras la alfombra verde con rombos blancos despidió nubecitas de polvo durante todo mi trayecto hasta que me paré frente a la puerta del cuarto. Miré a izquierda y derecha el pasillo y este parecía interminable con esas luces amarillentas de trecho en trecho saliendo de lamparitas colgadas en las paredes. Entré rápidamente y cerré la puerta con doble llave.

La verdad es que me daba más miedo estar encerrada en el Cottage Room con todos los fantasmas del hotel dándome la bienvenida. Decidí tomar mi ritual ducha nocturna. El agua caliente parece que dio dos vueltas a todas las cañerías del hotel para finalmente y a toses salir por la ducha de cobre en cascada dentro de una tina con patas de león que estaba casi al medio del cuarto de baño. Me dio la sensación que los fantasmas estaban de mirones. Todas esas películas de terror en las que un cuarto de baño es el lugar donde pasan los horrores más impensables pasaron por mi cabeza como un castigo. Dormí poco, mal y nada. Para colmo de males al día siguiente no había electricidad. Abrí la ventana de la pieza que daba al balcón y escuché a una pareja que discutía frente a la tienda que parecía La Mercantil de los Olson de La Casita en la Pradera. ¡Por fin dos seres humanos en Union! Corrí al baño y me duché apuntando mi linternita al techo. ¡Hasta los fantasmas se habrán asustado! Metí todo en mi bolso, salí con el pelo mojado y a tropezones. A ver si los alcanzaba.

A falta de luz en el pasillo, había un reflector que alguien puso en el rellano de las gradas para que no me sacase la cresta al bajar a tientas. Sé que no había muchos más huéspedes en el hotel porque aparte de mi auto sólo había otro más estacionado frente al hotel. En el mostrador otra vez no había ni un alma. De la otra ala del hotel, que tiene sus propias escaleras, salió el otro huésped tan apurado como yo y se fue rapidito a la puerta. Le pasó igual que a mí la noche anterior, sólo que él no podía salir del hotel. Me acerqué y le indiqué que para salir tenía que abrir la puerta para adentro. Nos sonreímos. Le pregunté si había visto a algún otro ser humano en el hotel. Me contestó que aparte de a mí, no. Dejó su maleta y yo mi bolso y comenzamos a recorrer la planta baja del hotel buscando al conserje. Nada. Dejé mi llave en el mostrador. Tomamos nuestras cosas, nos deseamos buen viaje y partimos cada uno por su rumbo. Los de la tienda desaparecieron quién sabe cuando. La calle estaba tan desierta como la noche anterior.

No les describo más los detalles del hotel porque creo que una foto vale más que cien palabras y para eso les dejo un link al The Historic Union Hotel que podrán seguir y ver por ustedes mismos. Eso sí, las fotos se ven mucho mejores que la diluida realidad y además están tomadas de día y hasta parece que hay seres humanos que mantienen el hotel funcionando.

El asunto es que así tan remoto y desolado como me pareció Union, hace una semana tuve la suerte de conocer a un astrónomo de profesión y corazón, más a un puñado de otras personas que llegaron a Salem desde Union y desde su perspectiva ¡Union está mejorando y es precioso! ¡Ahora tienen un taller de mecánica y el hotel está abierto y atrae turistas! Claro que no fue siempre así, hubo un tiempo en que el pueblo era próspero. Pero el pueblo casi se murió en los 80s y ahora está reviviendo de nuevo. Me contaron que el tercer piso del hotel no está “remodelado” ni abierto a los huéspedes. Están orgullosos de su hermoso Union y no hay otro lugar del mundo en donde vivirían, ni serían tan felices.

A cada uno su gusto. Para mí lo único rescatable fue la aventura y la estadía de unanocheyniunminutomás en el Historic Union Hotel así además tuve un cuento que contar, pero de ahí a quedarme a vivir en Union no gracias. Sin embargo, para otros ese pueblo es su vida. ¿Vieron que es cuestión de perspectiva … y de horizontes? Esto, creo, se aplica a muchos otros aspectos de nuestras vidas, a nuestras relaciones, trabajos, gustos, anhelos, sueños, límites y tantas otras cosas. Desde mi perspectiva, por ejemplo, algo puede ser no negociable o puede ser de una deshonradez asquerosa, pero para otros puede que no sea más desagradable que una mosca en la sopa. Si a mí me traen una sopa con una mosca flotando en el líquido no me la tomo ni a gritos. La devuelvo. Hay otra gente que saca la mosca, mete la cuchara y adentro la sopa. Claro que también es cuestión de cuán hambriento esté uno, de cuán desesperado o necesitado esté. Pero si la necesidad no es básica, como sería en el caso de un “hambre pura y simple” como diría Libertad, entonces se trata simplemente de poca autoestima. Puro no valorarse. Punto. Pecos Bill sirve sopas con mosca. Por eso no está más en mi vida. No es mi tarea juzgar ni al cocinero, ni al comensal. Mi punto es que es una cuestión de perspectiva. Y nunca falta un roto para un descocido.

Como dice Patrick Overton “When we walk to the edge of all the light we have and take the step into the darkness of the unknown, we must believe that one of two things will happen. There will be something solid for us to stand on or we will be taught to fly.”

O como dice mi terapeuta: Vas a crecer tanto con esta experiencia. ¡Tanto!

O como digo yo: Elenamentirosoj’delarecontrgrrrr …… Omm.

Nota: Patrick Overton es poeta, educador, autor, líder, entre muchas otras lindezas, reconocido a nivel nacional. Trabaja en el Front Porch Institute en Astoria, Oregon.

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  1. Jua jua jua …. Janita, hermosilis!!!!!!! Qué alegria verte por este rinconcete! Me imagino que te morfas el pollito bien empaquetadito. }:-) … jijiji Te quiero y extraño horrores!!!

  2. Ni te creas que la discreción me alcanza para evitar preguntarme como llegamos al siguiente capítulo de la serie…

  3. Te refieres a Espejos? … Ya ni me acuerdo, guachita! … Tendría que destapar un tinto pa´recordar! …

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