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Espejos.

In Alguien dijo ..., Feminismos on mayo 1, 2011 at 22:28

Una de las peores cosas que encaramos, si somos honestos con nosotros mismos, es que si hemos tenido una relación con una persona cuestionable eso nos convierte en lo mismo automáticamente. Me refiero a aquellas personas que tenemos la consciencia de asumir nuestras responsabilidades. Es la ley del espejo. En nuestra vida reflejamos lo que somos. Es decir, sólo podemos reconocer afuera de nosotros mismos aquello que inherentemente llevamos en nuestro interior.

Belleza, pureza, pasión, bajos instintos, estupidez, ignorancia, simpatía, mal gusto, sueños, anhelos, miedos y repulsiones. Lo vemos en otros porque está en nosotros. Y nos da miedo. Al fin y al cabo ¿Quién es el valiente que es capaz de reconocer que aparte de ser buena gente es también, aunque sea sólo a veces, y me atrevo a decir que muchas, un infeliz de marca mayor?

¡Qué duchos somos cuando se trata de señalar lo que no nos gusta! –¡Es que ése es un idiota!,  ¡No vale nada!,  ¡Apestoso!– Es el Dr. Merengue que llevamos adentro que vive y campa en nuestra psique y accionar. De vez en cuando también nos sale esa parte que nos admira y somos capaces de ver las cualidades que tenemos en nosotros mismos y las vemos en otros –¡Es taaaan dócil!, ¡Pero si es un ángel!–

Angel o demonio. El asunto es que no podríamos decir qué es qué si no hubiera una parte de eso en nosotros mismos. La cuestión es que lo hacemos sin darnos cuenta.

Cada vez que algo o alguien no me gusta me dan retortijones de panza. Es más fácil cuando algo me gusta. Es como ver en el espejo mi pelo bien peinado. Pero lo que no me gusta es otro cuento. Porque no me enfrento sólo al hecho del acto visto fuera de mí, como si yo no perteneciese a él, si no que sé que de algún modo soy generadora de ese evento. De algún modo soy artífice. Me es muy difícil desligarme de la realidad de reconocer mi participación en el hecho y sus consecuencias. Más aún si las provoqué.

Hay que ser ecuánimes, para eso existen los balances. Hay situaciones en las que el resultado de una acción no tienen nada que ver con lo que la causa. Les pongo como ejemplo las víctimas de genocidios, maltratos infantiles, o violaciones. No nos traigamos de los pelos. Mi análisis no pretende ser tal y no es tan profundo.

Lo que causa este escrito, porque lo he leído en innumerables cartas y lo he escuchado en largas horas de tertulia café en mano, es que la mayoría de nosotros renunciamos a nuestra capacidad de reconocernos en el otro. Me parece que lo hacemos porque no nos gusta lo que vemos. Para qué ir ahondando ahí que ya hay harto escrito sobre el tema y los autores tienen credenciales bien gordas al respecto.

Pero hay un punto que me aprieta el zapato y no sé cómo dejarlo ir.

Hay una cierta diferencia en cómo se aceptan las responsabilidades que parecen ser distintivas y particulares al género. Independientemente de si aceptamos el asunto de si nos reconocemos en los actos del otro o no. Es decir, sin importar si estamos al tanto de la teoría del espejo, depende de nuestros cromosomas para reaccionar de una u otra forma, para echar culpas al gato o para aceptar responsabilidades. No es, gracias a Dios, una afirmación generalizada, solamente una percepción dados los hechos que estuve investigando últimamente.

Los XY sobre los que estuve escuchando e investigando este último mes tienen esta manía de andar echándole la culpa de sus desgracias a las mujeres que han plagado sus vidas. Sean sus madres, hermanas, hijas, amantes, esposas, novias, amigas, etc. Pero casi nunca es su propia responsabilidad. Este tipo de hombre es tan vano que lo más profundo que ha visto es la superficie de un espejo literalmente hablando, ni para qué hablarles de la teoría de uno. Son los que te dicen “ojo por ojo” más o menos. Inseguros y manipuladores. Necesitan de la simpatía ajena para aprobarse a sí mismos y andan jugando la carta de víctima en cualquier mesa de póker que los soporte. ¿Si me refiero a mi propia teoría de los espejos, entonces quiere decir que yo también soy así ya que puedo reconocerlo? ¡Sí, cuando tenía trece años! A los trece yo también era la víctima de todo el mundo, tenía una A en manipulación, F en actuación y casi logro beca con el psiquiatra, como dice Arjona. Felizmente mi edad emocional avanza al par que mi edad cronológica.

También es cierto que hay un batallón de mujeres de están dispuestas a hacerles el puente. Y sí, algunas de ellas son las que se toman el café conmigo, pero les resulta más fácil y cómodo culpar a su propio género que espabilarse y darse cuenta que el tipo que tienen al lado no vale un poroto. Las tengo que sacudir más o menos para ayudarlas a mirar alrededor para que vean que el mundo también tiene hombres que valen la pena. También hay hombres que pueden entender que lo que ven es lo que reflejan y que lo que hacen es su responsabilidad independientemente de quién los parió, los enamoró o los besó.

Yo miro alrededor y veo montones de esos hombres. Y veo también a mujeres valientes e íntegras. También veo a los otros. Pero como es una cuestión de energías que te atraen o rechazan, entonces elijo. Elijo estar lejos de lo que no me refleja. Lejos de lo que no resuena conmigo. Lejos de lo que no me trae armonía. Los que no pueden asumir responsabilidades por sí mismos y necesitan muletillas que se vayan a vivir con aquellos que necesitan antifaces. Ya dijo mi padre: El borracho elije amigos borrachines. El drogadicto elige amigos drogadictos. Los timberos eligen amigos timberos. Cada uno a lo suyo, porque eso es lo que uno atrae y refleja.

Yo me quedo con los que asumen sus responsabilidades, así tengan que cargar tiestos. Si pesa mucho, pues me encargo de revisar qué hay en el canasto. Es cuestión de buscar ayuda. Pero no digo que lo que llevo en mis espaldas es la culpa del otro.

Mi querida amiga Flora, por ejemplo, divertida y desparramada, no puede poner dos y tres juntos, pero sí pone sonrisa y hombro con facilidad. No la puedo alarmar porque se le sube el azúcar. Ni la puedo deprimir porque se le sube el colesterol. La trato con gazas. Y cuando me da la teoría de los espejos la trato de igual a igual y ahí la tenemos que casi llevar al hospital. La cuestión es que mi buena amiga tiene una cierta flaqueza por los hombres … débiles. Ya sé, ya sé, esta es la parte que más me duele, porque pienso en cuánto me refleja. Cuando se trata de hombre ajeno es filosa como navaja y cuando es uno suyo busca excusas donde no hay.

Enterró a un marido, secuestró hijos, vivió en media docena de países, y tiene la edad de mi mamá. Cuando le cuento mis cuitas es un buen oído, casi no opina, como buena amiga sabe escuchar. El asunto es cuando le pasan las cosas a ella. Siendo como es, una mujer independiente y autocrítica, cuando llega el momento de juzgar el acto de un varón indefectiblemente empieza juzgando a las mujeres alrededor de éste y le ayuda a armar excusas. La tengo que sacudir para que entienda que mientras sigamos sosteniendo los errores del otro género con nuestras espaldas la cosa va por mal camino. Escucha, le cuesta admitirlo, pero lo hace. Otro espejo mío. Sé que es un asunto generacional en su caso, aunque no generalizado ya que hay un montón de mujeres que nos han ido abriendo el camino y ojalá nosotras estemos pavimentando el caminar de otras más jóvenes.

Lo que no he escuchado hasta ahora, sin embargo, y estoy tratando de desenterrar memorias más antiguas que las cosas nuevas que se tratan de vender como antigüedades en el mercado de pulga local, es a las XX decir que lo que hicieron fue por culpa del padre, tío, hermanos, marido, novio o enamorados. Generalmente cuando ellas agarran el divino botón, dicen que es porque estuvieron hasta la médula, que no soportan más y chau hasta luego. Al pan pan y al vino vino. Se cargan la culpa al hombro. La propia y la ajena, lo que es peor. Y todos los títulos que van con la responsabilidad marchan con ellas: ¡Es una pxxa! , es el más común, seguido de muy cerca de ¡Es que no me apoya! Y ellas calladas, viven el asunto con dignidad.

Por lo tanto hay dos aspectos que observar aquí. Uno que lo que somos o hacemos es reflejado en lo que nos rodea. Segundo que depende de nuestro género para tener más o menos responsabilidad sobre ello. En el primer caso, como ya dije antes es muy difícil hacernos cargo de lo que no nos gusta. Requiere total honestidad con uno mismo. El segundo, gracias a Dios no es generalizado, hay muchísimos especímenes humanos ya sea XX o XY que han sobrepasado la barrera cromosomática y son capaces de autoevaluarse sin la necesidad de andar culpando a otros por lo que ven en sí mismos.

Es difícil admitir que tenemos una relación con alguien que nos refleja de forma negativa, es decir que no nos gusta, como dije al principio. Pero también nos pasa con familiares y de estos sí que aunque no les hablemos por el resto de nuestras vidas no nos podemos desprender. También estos reflejos los vemos en el trabajo. En Internet es más sencillo porque podemos elegir bloquear lo que nos gusta de todas nuestras redes de comunicación social. Pero en el mundo tridimensional, cuando a veces no hay ni siquiera la situación económica-social como para buscar otra opción, tenemos que apechugar y preguntarnos qué es lo que estamos viendo y no nos gusta, que nos hace sentirnos víctimas de las circunstancias y títeres en las manos de otros.

¿Me gusta pensar así? Si soy honesta sí. Pero me es difícil. Y más difícil aún ponerme en acción. Sin embargo, es lo que quiero hacer si elijo vivir mi vida de forma consciente y responsable. Y así termino de una vez culpando a los que me rodean por mis metidas de pata, que además me salen por la culata, y me hago cargo de mí misma. ¿Mis beneficios? No tengo que inventar mentiras, por lo tanto hay muy poco que recordar y puedo contar el mismo cuento una y otra vez sin omitir o inventar detalles. Puedo cambiar las cosas que están bajo mi control: Actitudes, ideas, imaginaciones, situaciones y muchas otras cosas más, pero mías. Vivir con la misma sensación que un niño de tres años tiene cuando puede llevarse a la boca el tenedor lleno sin que le hayan caído todas las arvejas por el camino: ¡Lo hice! … ¡Crecí!

Moscas en la sopa.

In Autenticidades, Cuentos on abril 12, 2011 at 01:39

Dejé de escribir hace más de un año. En esos días mi vida había dado un giro, otro de esos. Las cosas se habían encaminado de una forma que pensé durarían por lo menos más de un año. Laura se casó. Bri nació. Pecos Bill y yo nos mudamos a vivir juntos. Pero me olvidé que la única constante en la vida es el cambio. Hasta ahí la realidad de mi vida. Porque en verdad lo que a mí me gusta es escribir ficción. Tomo partes y retazos de mis recuerdos, sueños y anhelos y con ellos construyo historias. Es lo que seguiré haciendo. Al fin y al cabo escribo para entenderme, no para ser entendida. Es como el pintor que pinta un cuadro no para que le guste a la gente, si no porque tiene algo que pintar que le sale del alma. Lo mismo sucede con la escritura. Cuando escribimos, lo hacemos porque hay algo que contar, escribimos porque tenemos algo que decir. Es la diferencia que existe con el dibujante que para poder dibujar un objeto éste tiene que poder ver los claros y oscuros para poder reflejar el objeto en cuestión, si no, el objeto no podrá ser replicado con exactitud. Es decir cuando quiero exactitud dibujo, cuando quiero dar rienda suelta a mi creatividad escribo.

Por un año y más he estado suprimiendo mi creatividad, no ha sido un tiempo en vano ya que he estado haciendo un ejercicio de interiorización profundo. Circunstancias poderosas fueron las que me llevaron por ese camino. Ya me había sucedido algo similar once años antes. Parece que necesitaba un recordatorio para llamar de vuelta a mi alma a sintonizarse con mi cuerpo y mi mente. Hoy estoy atravesando cierto periodo de transición. Déjenme decirles que no hay un país suficientemente bueno, ni hay una relación suficientemente segura. Por eso tenemos que tomar riesgos en la vida. Y tomar un riesgo no significa necesariamente saltar en bunge rope desde un puente o mandarse a mudar al úpite del mundo, a veces uno de los riesgos más grandes que tomamos en nuestra vida requiere la firmeza necesaria como para mantenernos centrados en nuestra vida sin hacerle daño a nadie. Sí, tener el coraje de convertirse en un verdadero adulto es un paso más hacia el crecer, hacia la sabiduría, hacia la templanza de carácter.

Cada vez me siento más conectada a esta tierra donde vivo. He aprendido a celebrar las lágrimas y no sólo las risas. No siento ganas de huir. Me puedo sentar con mi pena, sentirla y honrarla, así como me puedo poner a bailar y reír con mis gozos. Puedo aligerarles a otros sus cargas y alargarles sus sonrisas. Mi mirada se ha suavizado. Mi corazón también. Puedo sentir la conexión con los seres humanos y puedo entender que lo que hago aquí repercute allá. Me voy a la cama contenta y me despierto agradecida. Para que vean que todo es cuestión de perspectiva les contaré una historia.

En Octubre del año pasado tuve que ir a pasar una noche a Union en el este de Oregon. Union es un pueblo de tres calles de largo y tres de ancho. Tiene un hotel, un colegio, una tienda, un almacén y un taller de mecánica. Llegué al hotel y al pueblo por equivocación. Pensé que había hecho mi reserva a través de Internet en La Grande que queda como a once millas de Union. Después de media hora de andar perdida por oscuras carreteras donde no hay un miserable foco que alumbre la vía y sin GPS, llegué al hotel que queda al lado de un parque que tiene letreros que dicen –No horses– Así de remota es la cosa. El hotel es de los 1800s y tiene habitaciones con nombres tan tentadores como Clark Gable Room y otros tan poco atractivos como 19th Hole Room. Yo me quedé con el Cottage Room, que habrá tentado en su tiempo a más de un minero y una mina a hacerse de diferente botín a través del mismo método. Llegué pasadas las once de la noche y el hotel estaba a oscuras, apenas una lámpara en el lobby y la puerta cerrada.

Analizando, la situación no podía ser peor. Estaba en medio del desierto, en un pueblo remoto, cerca a la media noche, la calle estaba vacía y no se escuchaba un ruido excepto los que yo producía, no podía entrar al hotel, me hacía frío, tenía hambre, quería hacer pipí, estaba cansada y sola. Empecé a visualizar alternativas. La primera: Echarme a llorar y dormir en el coche. La segunda: Descartar la primera porque el coche no tiene baño. La tercera incluía varias opciones: Buscar otra puerta de acceso al hotel. Golpear la puerta hasta que alguien abriese. Llamar por teléfono al hotel hasta que alguien contestase. Lo que más rabia me daba era que no quería llamar a nadie por teléfono para que me consolasen. No me quise desmoralizar.

Probé la cuarta alternativa: Abrir la puerta hacia afuera. ¡Funcionó! Entré a la recepción del hotel y fue como si me hubiese transportado en el tiempo. Parecía el hotel de un pueblo minero perdido en el oeste norteamericano. Sillones, sillas, mesas y mesitas, todo polvoriento. En mi país a tanto cachureo le dicen antigüedad. Para mí no es nada más y nada menos que una colección de vejestorios que en ningún otro lugar tendrían cabida. En la penumbra vi sobre el mostrador un sobre con mi nombre escrito a mano. Dentro del sobre había una nota, un mapa y las llaves de mi habitación. La nota decía que me habían esperado hasta las 9:00 PM y que en el mapa me daban instrucciones de cómo llegar a mi pieza. Subí las gradas de madera que chirriaron a cada paso que di, mientras la alfombra verde con rombos blancos despidió nubecitas de polvo durante todo mi trayecto hasta que me paré frente a la puerta del cuarto. Miré a izquierda y derecha el pasillo y este parecía interminable con esas luces amarillentas de trecho en trecho saliendo de lamparitas colgadas en las paredes. Entré rápidamente y cerré la puerta con doble llave.

La verdad es que me daba más miedo estar encerrada en el Cottage Room con todos los fantasmas del hotel dándome la bienvenida. Decidí tomar mi ritual ducha nocturna. El agua caliente parece que dio dos vueltas a todas las cañerías del hotel para finalmente y a toses salir por la ducha de cobre en cascada dentro de una tina con patas de león que estaba casi al medio del cuarto de baño. Me dio la sensación que los fantasmas estaban de mirones. Todas esas películas de terror en las que un cuarto de baño es el lugar donde pasan los horrores más impensables pasaron por mi cabeza como un castigo. Dormí poco, mal y nada. Para colmo de males al día siguiente no había electricidad. Abrí la ventana de la pieza que daba al balcón y escuché a una pareja que discutía frente a la tienda que parecía La Mercantil de los Olson de La Casita en la Pradera. ¡Por fin dos seres humanos en Union! Corrí al baño y me duché apuntando mi linternita al techo. ¡Hasta los fantasmas se habrán asustado! Metí todo en mi bolso, salí con el pelo mojado y a tropezones. A ver si los alcanzaba.

A falta de luz en el pasillo, había un reflector que alguien puso en el rellano de las gradas para que no me sacase la cresta al bajar a tientas. Sé que no había muchos más huéspedes en el hotel porque aparte de mi auto sólo había otro más estacionado frente al hotel. En el mostrador otra vez no había ni un alma. De la otra ala del hotel, que tiene sus propias escaleras, salió el otro huésped tan apurado como yo y se fue rapidito a la puerta. Le pasó igual que a mí la noche anterior, sólo que él no podía salir del hotel. Me acerqué y le indiqué que para salir tenía que abrir la puerta para adentro. Nos sonreímos. Le pregunté si había visto a algún otro ser humano en el hotel. Me contestó que aparte de a mí, no. Dejó su maleta y yo mi bolso y comenzamos a recorrer la planta baja del hotel buscando al conserje. Nada. Dejé mi llave en el mostrador. Tomamos nuestras cosas, nos deseamos buen viaje y partimos cada uno por su rumbo. Los de la tienda desaparecieron quién sabe cuando. La calle estaba tan desierta como la noche anterior.

No les describo más los detalles del hotel porque creo que una foto vale más que cien palabras y para eso les dejo un link al The Historic Union Hotel que podrán seguir y ver por ustedes mismos. Eso sí, las fotos se ven mucho mejores que la diluida realidad y además están tomadas de día y hasta parece que hay seres humanos que mantienen el hotel funcionando.

El asunto es que así tan remoto y desolado como me pareció Union, hace una semana tuve la suerte de conocer a un astrónomo de profesión y corazón, más a un puñado de otras personas que llegaron a Salem desde Union y desde su perspectiva ¡Union está mejorando y es precioso! ¡Ahora tienen un taller de mecánica y el hotel está abierto y atrae turistas! Claro que no fue siempre así, hubo un tiempo en que el pueblo era próspero. Pero el pueblo casi se murió en los 80s y ahora está reviviendo de nuevo. Me contaron que el tercer piso del hotel no está “remodelado” ni abierto a los huéspedes. Están orgullosos de su hermoso Union y no hay otro lugar del mundo en donde vivirían, ni serían tan felices.

A cada uno su gusto. Para mí lo único rescatable fue la aventura y la estadía de unanocheyniunminutomás en el Historic Union Hotel así además tuve un cuento que contar, pero de ahí a quedarme a vivir en Union no gracias. Sin embargo, para otros ese pueblo es su vida. ¿Vieron que es cuestión de perspectiva … y de horizontes? Esto, creo, se aplica a muchos otros aspectos de nuestras vidas, a nuestras relaciones, trabajos, gustos, anhelos, sueños, límites y tantas otras cosas. Desde mi perspectiva, por ejemplo, algo puede ser no negociable o puede ser de una deshonradez asquerosa, pero para otros puede que no sea más desagradable que una mosca en la sopa. Si a mí me traen una sopa con una mosca flotando en el líquido no me la tomo ni a gritos. La devuelvo. Hay otra gente que saca la mosca, mete la cuchara y adentro la sopa. Claro que también es cuestión de cuán hambriento esté uno, de cuán desesperado o necesitado esté. Pero si la necesidad no es básica, como sería en el caso de un “hambre pura y simple” como diría Libertad, entonces se trata simplemente de poca autoestima. Puro no valorarse. Punto. Pecos Bill sirve sopas con mosca. Por eso no está más en mi vida. No es mi tarea juzgar ni al cocinero, ni al comensal. Mi punto es que es una cuestión de perspectiva. Y nunca falta un roto para un descocido.

Como dice Patrick Overton “When we walk to the edge of all the light we have and take the step into the darkness of the unknown, we must believe that one of two things will happen. There will be something solid for us to stand on or we will be taught to fly.”

O como dice mi terapeuta: Vas a crecer tanto con esta experiencia. ¡Tanto!

O como digo yo: Elenamentirosoj’delarecontrgrrrr …… Omm.

Nota: Patrick Overton es poeta, educador, autor, líder, entre muchas otras lindezas, reconocido a nivel nacional. Trabaja en el Front Porch Institute en Astoria, Oregon.

Cambio y fuera.

In Autenticidades on marzo 3, 2010 at 00:45

Comencé este blog el 2004 durante una de las épocas más difíciles de mi vida. Al principio el blog no estaba abierto a los lectores porque en realidad escribía como un ejercicio para hacer catarsis. Más o menos dos años más tarde decidí apretar el botoncito que le dio salida a la luz. Poco a poco empecé a tener comentarios de lectores desconocidos. Algunos no volvieron más, un par de locas me insultaron de arriba para abajo y unos cuántos decidieron quedarse y hacer de este sitio una parada habitual en sus correteos por el mundo digital.

No se me ocurrió que tal milagro iba a suceder cuando hice el blog público, es decir, a través de este ejercicio de escritura he hecho amigos a los que jamás probablemente veré en vivo y directo, pero a los cuales me parece conocer desde siempre. Su forma de pensar y de escribir me atraen, me gustan, me provocan, sus palabras son un regalo y siento una empatía grande hacia ellos, aunque no siempre estoy de acuerdo con lo que dicen. Pero el diálogo abierto que muchas veces entablamos es algo que agradezco a diario.

Luego están los lectores anónimos, esos que sé me leen o leyeron alguna vez, de algunos de los cuales he recibido cariñosos e-mails dejándome saber que están ahí. Ellos son otra de las alegrías que me trajo este blog durante estos cinco años. Pero las cosas cambian, la vida sigue su curso y nuevas historias nacen.

Estos años mi vida ha cambiado muchísimo. Mi nena ya es mamá y además me hizo eso que empieza con a. Mi corazón ha florecido de nuevo y hoy amo profundamente y soy amada de la misma forma. Tengo un trabajo que no sólo me paga las cuentas, pero además satisface a mi alma. Finalmente terminé la carrera. Tengo un par de amigas de oro y muchísimas amistades hechas en esta tierra. Me voy a la cama en paz y despierto cuando termino de dormir largo y bien. Mi lengua ya no se tropieza con el idioma, si hasta me sueño en inglés con eso les digo todo.

Es hora de doblar la página. Es hora de crear otra historia. Es hora de vivir el cuento acompañada. Es hora de jugar y entretener a nietecita. Quizá algún día abra otro blog, quién sabe, si hay algo que aprendí durante estos años es a vivir sin expectativas, no es que una sea una conformista mediocre, pero a veces la vida decide por sí misma y más vale hacer lo que dice. Uno hace planes y vive esperando que se cumplan, sin enterarse que la vida está pasando en este mismo instante y el momento no vuelve más. He aprendido que los años no me hacen más sabia, si no más benevolente conmigo misma. Gracias por haberme acompañado durante todo este tiempo.

Voy a cerrar la puerta ahora, pero no voy a apagar la luz, por si necesitan que les iluminen la calle. Los quiero mucho.

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