No dejaba que me acercase a ella ni a ocho metros de distancia. Pegaba unos gritos de tucán que espantaban al más diestro. Y el rechazo era generalizado, no aceptaba abuelas, tíos, primos, padrinos, comadres, ni amigos. Nada, excepto papá y mamá.
Por ello me perdí sus primeros años de vida, no recuerdo cómo lucía a los tres meses, ni a los seis, ni a los nueve. Pero sí me acuerdo de los berrinches que armaba en la vereda de la calle México frente a la mueblería que entonces tenía, las pocas veces que sus padres la traían a visitar a la tía Lalo. Eran unos chillidos que me rompían el tímpano, hacían correr a los perros callejeros y avergonzaban a sus padres hasta ponerles las orejas rojas.
La nena tenía como dos años la primera vez de la tríada de veces que me la dejaron a cargo. Mi buen marido y yo estábamos solos y sus padres desesperados, me imagino, porque finalmente decidieron dejar a Valentina al cargo de los tíos por dos horas. Horas de suplicio y gracias a las cuales hasta hoy tengo un timbrido en el oído derecho que no desaparecerá nunca, estoy convencida.
Nos encontramos en el McDonald’s de la Ballivián, los papis nos entregaron las mamaderas, chupones, bolsa llena de pañales, cremas y ungüentos, sonajas (como si el ruido que ella hacía no hubiese sido suficiente), etc. El y yo pestañeamos tres veces, mientras los papis … *puf* … desaparecieron, como hechos de humo. Y quedamos con Valentina en las manos por las siguientes dos horas.
Nos miramos a los ojos los tres, desconcertados y tomados por sorpresa. Enseguida ella abrió la boca y no la cerró más hasta ver a papá y mamá de nuevo, y mi marido y yo no paramos de movernos hasta depositarla en esos salvadores brazos 120 minutos después. Un tanque y medio de gasolina nos costó la cosa. Nada, que la paseamos por calles, avenidas, plazas y cerros, mientras ella nos ensordecía con sus bramidos de becerro abandonado.
No nos dejaba tocarla. Cada que intentamos los chillidos fueron más perforantes. De vez en cuando, sin embargo, se callaba, siempre y cuando el coche estuviese en movimiento y el chupón no se le cayese de la boquita de pimpollo, ah, sí, es que Valentina es preciosa. No había que mirarla por sobre el hombro ni de soslayo porque la “cosorosa” pescaba todo y no le gustaba que ni la miremos. No pescó el retrovisor, eso sí, así que mi marido manejó con un ojo en el camino y otro en Vale. Se lo agradezco hasta el día de hoy.
Pensé entonces que jamás tendría la oportunidad de poderme conectar con mi adorada sobrina. Pero el tiempo pasa, los chicos crecen, … y uno se olvida de lo ocurrido, hasta que un acontecimiento similar te lo recuerda de nuevo. Ah, Dios, los bebés y sus cosas … Hoy Valentina es una linda jovencita que hasta me escribe cartas, claro que no es que la haya podido abrazar mucho que se diga, pero hablamos por teléfono y hasta quiere visitarme!
Cada uno como es, verdad?
