De recuerdos prestados vivo,
En un pasado lleno de sonidos y olores,
Donde la gaveta de los cubiertos huele y suena al abrirse
Diferente de la gaveta de cuchillos y espátulas.
Uno huele a mantequilla y madera y el otro a secador y lavaplatos.
Un mundo donde el piso-pak de cuadros blancos y verdes debe haber atenuado muy bien las pisadas porque no se escuchan pisotones.
La cama de los tres perros que la habitaron, aunque no juntos ni en tiempo ni espacio, está colocada cerca a la cocina y debajo de las repisas rebosantes de pequeños frascos de condimentos, todos del mismo tamaño y forma, y todos con la tapa verde, en una hilera de sabores y olores.
Más arriba de las repisas hay un ventanal de cuadrados de vidrio catedral que dejan pasar luz y colores desde la cocina al comedor de diario. Un dibujo a crayón. Se parece a mi lata de colores.
Ella prueba cada guiso, cada caldo y cada picante, asegurándose que todos tienen el perfecto balance de sabor, color y olor.
Lo suave se derrite en la lengua y lo crocante cruje entre los dientes. Así tiene que ser. Lo que está hecho para remojar es una salsa en su punto y lo que se desmenuza tiene la textura necesaria.
Una enorme campana de hierro se come los humos y hervores que deprenden las ollas y sartenes que gritan azuzados por el rojo fuego de las hornallas.
El horno funcionando a mil da a luz un crujiente y tierno lechón, troceado con destreza por unas ruidosas tijeras va a parar a una fuente en una cascada de secos golpes.
El verduzco marmol de la mesada, cuyas vetas blancas se pierden entre sí, reflejan las luces de las lámparas y reciben con diligente hospitalidad a los calientes y fríos recipientes, quizá porque en el breve instante en que sus superficies hacen contacto provocan una música de estridentes altos y bajos.
Me gusta apoyar mis calientes cachetes en la fría superficie del mesón, así además puedo verla a ella de costado, como si estuviese flotando de lado entre las paredes azulejadas mientras produce su mágica comida.
Y me sonríe. Y sus ojitos le brillan. Y me alcanza a probar un bocado trinchado en un largo tenedor.
Clap, clap, clap … tres batidas de manos y tiene un pequeño ejército para asistirla a picar, trocear, medir, batir y revolver.
Esa cueva de Ali-babá donde escuché mi primera experiencia con una orquesta gracias a los sonidos producidos en ella, sus potajes y cuencos, viene recurrente a mi memoria disfrazada de mil y un formas. Sin ella nada sería y gracias a ella hoy subsisto.
Los sonidos de esa cocina unidos a la voz y risa de ella, son una armoniosa sinfonía que ha llenado de música mi niñez.
Y en la monotonía de mis propios sonidos,
Donde el blanco y el negro se repiten con tezón y pereza
Donde los sabores reflejan lo monocromático de mis colores
Donde mis ruidos son largos silencios
Son mis recuerdos de ella y su orquesta de ollas, copas y platos,
Los que mantienen la música y la alegría
Aunque en recuerdos diluidos.
